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Xi y Trump: cuando competir deja de significar confrontar

infochileenchina
hace 49 minutos
4 min de lectura

La visita de Xi a Estados Unidos dejó algo posiblemente más importante que una fotografía diplomática: la constatación de que Washington y Beijing necesitan administrar su competencia. Comercio, inteligencia artificial, seguridad y estabilidad estratégica marcaron un encuentro que no elimina las diferencias, pero abre una etapa más pragmática entre las dos principales potencias del mundo.


Por Fabián Pizarro Arcos


La visita de Estado del presidente chino, Xi Jinping, a Estados Unidos entre el 23 y el 25 de septiembre debe analizarse más allá de las ceremonias, los honores militares y las imágenes junto a Donald Trump. Lo verdaderamente relevante ocurrió detrás de esas fotografías: las dos principales potencias económicas del planeta parecen haber asumido que su competencia será prolongada, pero que transformarla en una confrontación permanente tendría costos demasiado elevados para ambos y para el resto del mundo.


Ese reconocimiento constituye, probablemente, el principal resultado político de la visita.

Xi llegó a Washington once años después de su anterior visita de Estado a Estados Unidos y pocos meses después del viaje realizado por Trump a China. El intercambio de visitas en menos de medio año refleja una intensidad diplomática poco habitual en la relación bilateral. Beijing define el objetivo como construir una relación de “estabilidad estratégica” basada en respeto, equidad y reciprocidad.


La formulación importa. China no propone eliminar la competencia con Estados Unidos, algo poco realista considerando la magnitud de los intereses involucrados. Propone establecer límites que impidan que esa competencia derive en conflicto.


Desde la perspectiva china, existe además una idea que merece atención: el desarrollo de China y el fortalecimiento de Estados Unidos no necesariamente deben ser objetivos incompatibles. Xi ha insistido en que la revitalización de ambas naciones puede desarrollarse simultáneamente. Es una posición conveniente para Beijing, naturalmente, pero también constituye una alternativa al paradigma de suma cero que ha dominado buena parte del debate sobre las relaciones sino-estadounidenses.


Xi Jinping y Donald Trump: pragmatismo entre dos potencias


La relación personal entre Xi y Trump también desempeña un papel relevante. Ambos representan sistemas políticos, modelos económicos y concepciones internacionales muy diferentes, pero han demostrado capacidad para mantener canales directos de comunicación.


Trump privilegia una diplomacia transaccional, orientada hacia resultados concretos. Xi apuesta por relaciones de largo plazo, estabilidad y previsibilidad. Paradójicamente, esas diferencias pueden generar espacios de entendimiento.


Los resultados económicos son una demostración.


Estados Unidos y China acordaron avanzar hacia un tratamiento arancelario más favorable para unos US$30.000 millones de bienes no sensibles en cada dirección. Además, se activaron mecanismos bilaterales sobre comercio e inversión y continuarán las conversaciones relacionadas con tierras raras y minerales críticos.


No estamos frente a un nuevo gran acuerdo comercial capaz de resolver las tensiones acumuladas durante años. Pero tampoco es un resultado menor. Después de una etapa marcada por aranceles, restricciones tecnológicas y cuestionamientos sobre una eventual desvinculación económica, ambas economías están reconstruyendo mecanismos institucionales para administrar sus diferencias.


La inteligencia artificial entra en la diplomacia


Otro resultado significativo fue la incorporación formal de la inteligencia artificial al diálogo estratégico.


China y Estados Unidos acordaron establecer un canal bilateral para abordar riesgos, beneficios e incidentes relacionados con estas tecnologías, con nuevas conversaciones previstas para los próximos meses.


Es difícil exagerar la importancia geopolítica de este punto.


La competencia tecnológica será uno de los principales escenarios de la rivalidad sino-estadounidense durante las próximas décadas. Semiconductores, modelos avanzados de inteligencia artificial, centros de datos, robótica, telecomunicaciones y aplicaciones militares forman parte de una carrera tecnológica que puede modificar la distribución global del poder.


Que Washington y Beijing acepten dialogar sobre esta materia implica reconocer que existen ámbitos donde la competencia necesita reglas.


China negocia desde una posición diferente


La visita también permite observar cuánto ha cambiado China.


Beijing ya no participa en estas conversaciones únicamente como la gran fábrica del mundo. Lo hace como potencia tecnológica, principal socio comercial de numerosos países, actor central de las cadenas industriales globales y protagonista cada vez más relevante en inteligencia artificial, vehículos eléctricos, energías renovables, infraestructura y manufactura avanzada.


Esto fortalece su capacidad negociadora.


Washington mantiene ventajas decisivas en tecnología, finanzas, capacidad militar y alianzas internacionales. Pero Estados Unidos también enfrenta una realidad difícil de ignorar: desacoplar completamente su economía de China tendría enormes costos.

Beijing parece comprender bien esa interdependencia y su estrategia durante esta visita fue, en buena medida, proyectar confianza sin renunciar al diálogo.


Naturalmente, las diferencias estructurales permanecen. Taiwán continúa siendo probablemente el asunto más sensible. También persisten las disputas sobre semiconductores, controles tecnológicos, minerales críticos, seguridad regional y arquitectura estratégica del Indo-Pacífico. Durante las conversaciones, Xi volvió a plantear la posición de Beijing sobre Taiwán, mientras ambas partes discutieron también Ucrania, Oriente Medio y la península coreana.


Por eso sería prematuro hablar de una nueva era de amistad.

Lo que comienza a aparecer es algo diferente y quizás más realista: una competencia administrada.


China y Estados Unidos seguirán compitiendo por tecnología, mercados, influencia y capacidad para definir determinadas reglas internacionales. Pero Xi y Trump parecen comprender que ninguna de las dos potencias puede eliminar a la otra del escenario mundial.


La importancia de esta visita radica precisamente allí.


Para China, el encuentro demuestra que su ascenso económico y tecnológico obliga a Washington a negociar con Beijing como un actor indispensable. Para Estados Unidos, confirma que mantener canales abiertos con China puede resultar tan importante como competir con ella.


Y para el resto del mundo existe una conclusión todavía más relevante: el siglo XXI probablemente estará marcado por la competencia entre China y Estados Unidos, pero su estabilidad dependerá de que ambas potencias comprendan que competir no tiene por qué significar confrontar.

 


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