Chile frente a la nueva guerra fría: Tecnología, presión diplomática y autonomía en juego
- Fabián Pizarro Arcos
- hace 2 horas
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El choque diplomático por cable submarino revela la intensidad de la guerra tecnológica entre China y Estados Unidos. Chile enfrenta el desafío de defender su soberanía en medio de esa disputa.
Por Fabián Pizarro Arcos

La decisión de Estados Unidos de revocar las visas a tres altos funcionarios chilenos por la eventual adjudicación de un proyecto de cable submarino de telecomunicaciones impulsado por un consorcio de empresas chinas a cargo del proyecto (China Telecommunications Corporation, China Mobile Communications Group, y China United Network Communications Group), no es un episodio aislado ni un mero desencuentro diplomático. Es, más bien, un síntoma de una transformación profunda del orden internacional y una señal inequívoca de cómo la competencia global entre Washington y Beijing está penetrando cada vez más en la política interna de países medianos como Chile.
Lo ocurrido obliga a formular una pregunta incómoda pero necesaria: ¿hasta qué punto Chile puede ejercer plenamente su soberanía en un mundo donde las grandes potencias presionan abiertamente para influir en sus decisiones estratégicas?
Un gesto sin precedentes
La revocación de visas representa una medida extraordinaria entre países que mantienen relaciones diplomáticas estables y cooperativas. No se trata de una sanción simbólica ni protocolar, sino de un acto político con una clara carga coercitiva.
Según antecedentes conocidos públicamente, la posibilidad de sanciones había sido planteada previamente por representantes estadounidenses en reuniones diplomáticas. Sin embargo, la materialización de esa amenaza marcó un punto de inflexión: Estados Unidos pasó de la presión diplomática al castigo directo.
Este tipo de medidas no solo tensionan las relaciones bilaterales, sino que establecen un precedente preocupante. Sugieren que decisiones soberanas de proyectos de infraestructura —en este caso, la elección de un proveedor tecnológico— pueden desencadenar represalias políticas de una potencia extranjera.
Para comprender la magnitud del conflicto es necesario entender el valor estratégico del proyecto en disputa. Los cables submarinos constituyen la columna vertebral de internet global: más del 95% del tráfico internacional de datos circula a través de estas redes invisibles que conectan continentes.
Controlar su instalación y operación implica, por tanto, ventajas económicas, tecnológicas y geopolíticas.
La propuesta china para Chile no se limitaba a la construcción de infraestructura. Incluía financiamiento competitivo, transferencia tecnológica y la posibilidad de integrar al país en redes de conectividad directa con Asia, reduciendo tiempos y costos de transmisión de datos.
Uno de los aspectos más relevantes del proyecto era su potencial impacto territorial. Entre los ofrecimientos figuraba la conexión directa de Rapa Nui y la Isla Juan Fernández mediante tecnología de alta velocidad, una iniciativa que podría transformar radicalmente el acceso digital a ambas islas y reducir su histórica dependencia de enlaces satelitales.
Desde la perspectiva chilena, se trataba de una oportunidad estratégica de desarrollo digital. Desde la perspectiva estadounidense, era un riesgo geopolítico.
La rivalidad global detrás del conflicto
El episodio no puede analizarse sin considerar el contexto de la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China. Lo que algunos analistas describen como una “nueva guerra fría” no se libra en el terreno militar tradicional, sino en el ámbito tecnológico.
Redes 5G, inteligencia artificial, satélites y cables submarinos son hoy instrumentos de poder global.
Estados Unidos sostiene que la participación de empresas chinas en infraestructura digital podría facilitar espionaje o dependencia tecnológica. China rechaza estas acusaciones y las califica como intentos de frenar su expansión económica.
En ese escenario, América Latina se ha convertido en un espacio de competencia estratégica. Chile, por su estabilidad institucional y su posición geográfica, ocupa un lugar especialmente relevante en esa disputa.
El estilo Trump y la diplomacia coercitiva
La forma en que Estados Unidos abordó el conflicto refleja un rasgo distintivo del liderazgo de Donald Trump: el uso de la presión directa y pública como herramienta de política exterior. La medida es vista como gesto diplomáticamente agresivo y políticamente impropio entre países que mantienen relaciones históricamente estrechas. Más que una medida técnica, se trata de una señal de presión directa sobre decisiones soberanas del Estado chileno, en particular en materia de infraestructura estratégica.
A diferencia de la diplomacia tradicional, basada en negociaciones discretas y consensos multilaterales, el enfoque trumpista privilegia medidas unilaterales, sanciones y gestos de fuerza.
En América Latina, esta estrategia revive una lógica histórica que muchos consideraban superada: la percepción de la región como área de influencia natural de Washington.
La revocación de visas a autoridades chilenas se inscribe en esa tradición de diplomacia coercitiva.
Frente a la medida estadounidense, el gobierno chileno adoptó una postura firme. En su declaración oficial, las autoridades defendieron el derecho soberano del país a evaluar proyectos estratégicos según sus propios intereses.
El presidente Gabriel Boric reforzó ese mensaje al señalar públicamente que Chile no aceptará presiones externas en decisiones que afectan su desarrollo.
Este posicionamiento refleja una concepción contemporánea de soberanía: no solo como control territorial, sino como capacidad efectiva para tomar decisiones estratégicas en un entorno global interdependiente.
La reacción china y la disputa narrativa
La embajada de China en Chile respondió con un comunicado enérgico, criticando lo que calificó como interferencia indebida en asuntos internos del país. Además sostuvo que la sanción estadounidense contra autoridades chilenas demuestra un obvio desprecio por la soberanía, la dignidad y los intereses nacionales de Chile, y exhibe su naturaleza hegemónica y despótica, lo cual ha provocado profunda desaprobación y fuerte rechazo.
Desde la perspectiva china, el conflicto no se origina en preocupaciones de seguridad, sino en la intención estadounidense de frenar su presencia tecnológica en América Latina.
Esta disputa narrativa revela una dimensión clave del conflicto: la lucha por definir quién tiene legitimidad para influir en el desarrollo tecnológico de terceros países.
Kast y la dimensión política interna
El viaje de José Antonio Kast a Estados Unidos en medio de la crisis introduce un elemento adicional de tensión política interna.
Su participación en la cumbre “Shield of the Americas”, convocada por Donald Trump, resulta políticamente delicada y geopolíticamente imprudente en el contexto actual. En ese escenario, asistir a un encuentro impulsado por Trump —cuya agenda busca consolidar un bloque regional de contención frente a Beijing— envía una señal de alineamiento ideológico con Washington en plena disputa estratégica global.
Más que fortalecer la posición internacional de Chile, este gesto arriesga debilitar su autonomía y proyectar una imagen de subordinación política. En momentos en que el país intenta reafirmar su soberanía y una política exterior equilibrada, participar en una instancia que revive la lógica del “patio trasero” no solo es inoportuno: es una señal contradictoria con los intereses estratégicos de largo plazo del Estado chileno.
¿Optará por una alineación estratégica con Washington o defenderá una postura de autonomía nacional?
Esta pregunta trasciende a una figura política y se proyecta sobre el debate más amplio sobre el modelo de inserción internacional de Chile.
Una prueba histórica de soberanía
La pregunta que emerge de este episodio es fundamental: ¿puede Chile mantener una política exterior autónoma en un mundo marcado por rivalidades geopolíticas intensas?
La respuesta dependerá de su capacidad para resistir presiones externas y priorizar su desarrollo estratégico. Navegar ese escenario requiere una diplomacia sofisticada y una clara definición de intereses nacionales.
En la era de la globalización digital, la independencia de un país ya no se mide solo en fronteras físicas, sino en su capacidad para decidir quién construye las redes que conectan su futuro.
Y en ese terreno, el desafío recién comienza.




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