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China, la Inteligencia Artificial y el nuevo equilibrio del poder mundial

  • infochileenchina
  • hace 1 día
  • 4 min de lectura

Ya no basta con liderar la innovación tecnológica. La verdadera disputa es quién definirá las reglas que regirán la inteligencia artificial en las próximas décadas, y China ya lo entendió.


Por Fabián Pizarro Arcos


Durante décadas, la globalización estuvo impulsada por el comercio, las cadenas de suministro y la competencia por los mercados. Hoy, sin embargo, el eje de esa competencia se ha desplazado hacia otro terreno: la inteligencia artificial.


Ya no basta con liderar la innovación tecnológica. La verdadera disputa consiste en quién definirá las normas, los principios y las instituciones que regularán el desarrollo y uso de esta tecnología durante las próximas décadas, y eso China lo entendió.


El reciente discurso del presidente Xi Jinping durante la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial (WAIC), realizada en Shanghái, ofrece una señal clara de las aspiraciones del “Gigante asiático”. Beijing no solo busca consolidarse como una potencia tecnológica, sino también convertirse en uno de los principales arquitectos del sistema internacional de gobernanza de la inteligencia artificial.


En su intervención, Xi planteó que la IA debe considerarse un bien público global y propuso avanzar hacia un sistema de gobernanza multilateral, inclusivo y centrado en las personas. Entre los ejes de su propuesta destacan el fortalecimiento de la cooperación internacional, el desarrollo de mecanismos comunes de seguridad, la reducción de la brecha tecnológica entre países y un papel más activo de las Naciones Unidas en la elaboración de normas globales. A ello sumó nuevas iniciativas de cooperación, programas de formación para países en desarrollo y la propuesta de crear la Organización Mundial para la Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO), con especial énfasis en el Sur Global.


La diferencia es significativa.


Durante años, buena parte del debate sobre IA ha estado liderado por Estados Unidos, las grandes empresas tecnológicas y los principales centros de investigación occidentales. China propone una visión distinta: una gobernanza que no dependa exclusivamente del mercado ni de un reducido grupo de actores, sino que incorpore una representación más amplia de la comunidad internacional y otorgue mayor protagonismo a los países en desarrollo.


Esta propuesta refleja una idea que Beijing ha impulsado de manera creciente en distintos ámbitos: la construcción de un orden internacional más multipolar, donde las reglas globales se definan mediante instituciones multilaterales y no únicamente desde los principales polos de poder tradicionales.


Las potencias occidentales observan con cautela cualquier iniciativa impulsada por China, especialmente en medio de una intensa competencia tecnológica con Estados Unidos. Las restricciones a la exportación de semiconductores, la carrera por desarrollar modelos fundacionales, la protección de datos y las crecientes preocupaciones en materia de seguridad nacional evidencian que la IA ha dejado de ser un asunto exclusivamente científico para convertirse en un elemento central de la geopolítica contemporánea.


Sin embargo, reducir este debate únicamente a la rivalidad entre Washington y Beijing sería una simplificación.


La IA plantea desafíos que ningún Estado puede resolver por sí solo: la utilización militar de los algoritmos, la desinformación automatizada, la protección de datos personales, la propiedad intelectual, el impacto sobre el empleo y el riesgo de que la brecha tecnológica entre países desarrollados y en desarrollo continúe ampliándose.


Precisamente ahí radica uno de los aspectos más relevantes de la propuesta china.


Mientras buena parte del debate internacional se concentra en la regulación de los riesgos asociados a la IA, Beijing insiste también en la necesidad de democratizar el acceso al desarrollo tecnológico. Su argumento es que, si la infraestructura computacional, los modelos más avanzados y la capacidad de innovación permanecen concentrados en un número reducido de países y empresas, la revolución de la inteligencia artificial podría profundizar las desigualdades existentes en lugar de contribuir a reducirlas.


Este enfoque adquiere especial importancia para América Latina.


La región enfrenta el riesgo de convertirse principalmente en usuaria de tecnologías desarrolladas en otras partes del mundo. Sin políticas orientadas a fortalecer el capital humano, la investigación científica, la infraestructura digital y la cooperación internacional, la brecha tecnológica podría ampliarse considerablemente durante la próxima década.


En ese contexto, resulta significativo que China incorpore a América Latina y el Caribe —a través de mecanismos como el Foro China-CELAC— dentro de sus iniciativas de cooperación en inteligencia artificial. Más allá de las posiciones políticas que cada país mantenga respecto de Beijing, la discusión regional debería centrarse en cómo aprovechar estas oportunidades para fortalecer capacidades propias, promover la innovación local y evitar nuevas formas de dependencia tecnológica.


La IA probablemente será la tecnología más transformadora del siglo XXI. Pero también marcará una nueva etapa en la configuración del sistema internacional.


Lo que está en juego no es únicamente el liderazgo tecnológico. Lo que realmente comienza a definirse es el modelo de gobernanza que regirá la economía digital, la innovación científica y el equilibrio de poder mundial durante las próximas décadas.


China ha dejado claro que aspira a desempeñar un papel central en esa construcción.


La pregunta ahora es si el resto de la comunidad internacional participará activamente en el diseño de esas reglas, propondrá modelos alternativos o permitirá que sean otros quienes definan el marco institucional de una tecnología que influirá en prácticamente todos los ámbitos de la vida humana.

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